Remy LaPointe

Remy LaPointe no podía recordar la última vez que había echado un buen trago.

RemyCuando los lugareños decían que querían un “buen trago”, parecía que realmente estuvieran diciendo: “Barman, me encuentro ofensivamente sobrio y con una lamentable carencia de mal olor, por favor, ¡remedie esta situación al momento!”. Los salones de la zona ofrecían bazofia o, peor aún, bazofia aguada a paletos ignorantes que se metían en peleas hasta quedar inconscientes. Esta gente no distinguiría a un sommelier de un cubo de cabezas de atún. Había  acabado resignándose hacía mucho a la posibilidad de que esto era lo mejor que podía ofrecer el Oeste.

Por esa razón estaba tan sorprendido con la selección que había detrás de la barra del local con el encantador nombre de “Killer Bunnies Casino”. Apenas podía creer a sus ojos según danzaban por las fila de botellas escondidas debajo del mostrador, cogiendo polvo y lamentablemente sin usar: ¡Arrack de Sri Lanka! ¡Cabernet Sauvignon! Una botella todavía sin abrir de pálinca rumana, y… ¿Podía ser? ¿Un coñac “cometa” cosecha de 1811? No, imposible, tenía que ser una falsificación… pero ¿quién iba a falsificar licores como estos para una audiencia incapaz de apreciarlos? Quien fuera que había surtido este lugar seguramente esperaba una clientela  mucho más selecta que la que le tocó en suerte, y había dejado, quizás, estas botellas con la esperanza de que algún día tendría clientes que pudieran apreciar su calidad. Qué trágico y, sin embargo, qué edificante.

Pero con tantas opciones, no podía encontrar una botella que coincidiera con sus necesidades inmediatas. Sin aliento, recorrió las filas de botellas con la punta de los dedos, sopesando las posibilidades y promesas de cada etiqueta, hasta que dio con la elección perfecta: una botella desgastada y manchada que había perdido hace tiempo la etiqueta, y en cuyo interior flotaba lánguidamente un gusano en tequila.

Sin perder más tiempo, agarró la botella por el cuello, salió de su escondite detrás de la barra y la estrelló contra la cabeza de un borracho alborotador. El hombre se desplomó contra el suelo, soltando a la camarera a la que había estado amenazando, que se quedó mirando a Remy con incredulidad.

—¿Por qué tardabas tanto? —pregunto—. ¡No sé cuánto tiempo más podría haberlo tenido mirando hacia otro lado!

Remy se encogió de hombros mientras buscaba las palabras correctas en inglés.

—Los hombres como él…. desperdician buenos licores.

 

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