Kevin Wainwright

KevinWainwright

Kevin Wainwright deambulaba por la plaza del pueblo con los andares de un marinero borracho. En vez de dejar un rastro de nubes de polvo, sus zapatos pulidos a duras penas parecían tocar el suelo, si es que lo hacían. Kevin se fijó en un trío de señoritas que charlaban ociosamente en el exterior del Pearly. Del interior de la mayor sala de baile de Gomorra, salía la tonadilla de un piano desafinado machacando una versión pasable del Can-Can, acompañada del taconeo rítmico de los pasos de la troupe de baile.

Su intento de expresar un cordial “Hola, señoritas” le salió como un traqueteado cacareo terminado en un silbido agudo similar al vapor que salía de una tetera. Como le había visto a Ivor Hawley hacer muchas veces, Kevin se quitó el sombrero de copa atrotinado, haciendo una  floritura dramática, excepto que acabó escorándose a un lado y apenas pudo evitar caerse al suelo. Mientras tanto, las señoritas le devolvieron el saludo con unas risillas nerviosas y apartaron la mirada mientras bajaban las sombrillas de flecos para evitar tener que seguir viendo a aquel  hombrecillo extraño que andaba tropezando según dejaba atrás la sala de baile.

En realidad, Kevin ya no estaba interesado en las señoritas. Mr. Hawley le había encomendado a él, y solo a él, la entrega del contenido del sobre que llevaba escondido en el bolsillo secreto del chaleco. El grueso sello de cera roja de Ivor rozaba con la camisa de Kevin, y casi podía imaginar que la atravesaba quemándole la piel. Se dio media vuelta y tuvo que mirar a ambos lados varias veces para asegurarse de que Ivor Hawley no estaba ahí para desaprobar los esfuerzos de Kevin. En verdad, Kevin casi deseaba que Ivor apareciera. De alguna forma, todo parecía salir bien en la presencia del jefe de pista.

El mero pensamiento en Ivor Hawley renovó el sentido del deber de Kevin. Continuó su extraño andar a través del pueblo. Tratando de recordar las indicaciones de Ivor hasta cada edificio. Kevin aminoró y miró a ambos lados con el ojo bueno.

“Ahí está”, pensó para sí mientras cruzaba la calle y efectuó una serie de golpes insistentes en la gruesa puerta de madera. Tras una breve espera, alguien condujo a Kevin a través de una antecámara oscura hasta llegar a un estudio. Kevin se sacó el sobre del bolsillo. Incluso de puntillas, a Kevin le costó alcanzar la superficie del imponente escritorio de caoba que lo separaba de la figura a oscuras sentada al otro lado.

—A Mr. Hawley le gustaría hacer una contribución a su campaña —dijo Kevin con voz ansiosa y estridente.

Advertisements