Lucy Clover

Las puertas del Dead Dog se abrieron de par en par y un hombre salió volando de la taberna a la calle, donde su cara ya ensangrentada se estampó en el polvo. Las puertas volvieron a abrirse y otro hombre de mayor envergadura y renombre salió a su encuentro con parsimonia. Alargó el brazo y rascó una cerilla en el poste para encender el puro que le colgaba entre los dientes.

—Mi papá siempre decía que para hacer trampas tienes que estar seguro de hacerlo mejor que el tipo que está al otro lado de la mesa  —dijo mientras salía—. Apuesto a que ahora desearías que fuésemos hermanos, ¿verdad, Simpson? Ah, qué demonios, supongo que este es el precio de haber recibido una mala educación. —Dio una profunda calada al puro antes de llevarse la mano al mango del cuchillo.

—Yo no haría eso si fuera usted, Seville —La voz era aguda pero severa… lo suficiente para que el forajido se girase y cruzara la mirada con la de  Lucy Clover. La joven caminó hasta interponerse entre los dos hombres.

LucyClover—Ya has cumplido con tu obligación, ahora vuelve adentro —dijo Marion Seville, riendo entre dientes—. Qué poco serio. El sheriff de este lugar tiene que estar desesperado para emplear niños como ayudantes.

—Tengo edad suficiente para hacerle dar media vuelta, así que ¡andando! —Marion se sacó el puro de la boca y soltó una bocanada de humo mientras caminaba hacia Lucy. Con la misma mano, le pegó un capirotazo a la insignia.

—La ley no tiene nada que hacer aquí, nenita. Este hombre me ha hecho trampas. Es mío.

—En tal caso, se lo llevaré al sheriff para que él decida qué hacer. Pero hoy no va a volver ponerle la mano encima.  —El semblante del hombre perdió cualquier rastro de diversión, e inclinó la cara hasta dejarla a pocos centímetros de la de Lucy

—¿De verdad te crees que me lo vas a impedir tú, niñita? —Lo siguiente que se escucho fue el chasquido inconfundible de una pistola que se amartillaba. Mario tensó el cuerpo al sentir que tenía clavado el cañón en una zona de lo más incómoda.

—Mi papá siempre decía que si eres pequeña, más vale que seas más lista que el zopenco del cuchillo… ahora ¡aire! —Marion apretó los dientes con gesto de frustración antes de respirar hondo y retroceder para alejarse del arma de la muchacha.

—Bien —resopló. Dio media vuelta y casi tiró al suelo a otro hombre mientras regresaba hecho una furia al salón—. De todas formas no merece la pena que me manche las botas—.

 

 

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