Pancho Castillo

Desde su llegada a Gomorra, Pancho Castillo había estado viéndose de forma regular con Natalie, una preciosa “paloma descarriada”, de pelo suave y largos rizos dorados que le llegaban hasta los hombros, y que vestía con colores oscuros que acentuaban su piel pálida. Ella hacía varias noches que había dejado de cobrarle por sus servicios. A su empleadora, Charity, aquello no le hacía mucha gracia, pero Pancho había estado pagándole una pequeña cuota a espaldas de Natalie. Pancho podría ser un ladrón, pero también era un hombre honrado.

PanchoAquella noche, sin embargo, Pancho percibió algo diferente en ella  y, cuando posó la mano sobre su muslo, descubrió que estaba armada. Lo primero que le vino a la mente fue que alguien la había amenazado o le había hecho daño. Muchos hombres en Gomorra no sabían que una mujer era como una flor delicada, que había que sostener con suavidad y disfrutar de ella, en vez de arrancarla y tirarla al terminar. Pancho disfrutaba de su compañía. A su manera, se preocupaba por ella y era de los que pensaba que ninguna mujer debería vivir con miedo.

Cuando levantó la vista para preguntarle se encontró con el cañón de una derringer Remington Modelo 95.

—Pancho Castillo, está usted bajo arresto por la autoridad de los Rangers de Texas.

Pancho estaba tan desarmado como desvestido. Se retiró hacia atrás lentamente, con las manos en alto.

—Quizás podríamos hablar de esto después de…

—Gracias, pero no. Acérquese despacio a su ropa y ponga la pistola sobre la cama.

Pancho hizo lo contrario y se acercó suavemente a ella.

—¿Estás segura?

—Sí. El arma, ¡ahora!

—Una pena. —Pancho se movió tan rápido que Natalie no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que ocurría hasta que se encontró otra derringer pegada a la sien. Pancho se acercó aún más, hasta casi tocarle la oreja con los labios. —¿El arma —susurró, y añadió en español—, mi amada?

Natalie estaba conmocionada y admirada por la rapidez de Pancho. Luchó para mantener la respiración constante. Sintió su aliento cálido en el cuello mientras se la entregaba.

Pancho le ató las manos con una media que encontró junto a la cómoda.

—Lo siento, pero me temo que esta noche será la última que pasemos juntos —le dijo, a modo de disculpa, mientras se vestía.

Cogió los dos Derringers, salió de la habitación y bajó hacia donde estaba Charity. Le pagó lo mismo de siempre, solo que esta vez añadió una pequeña propina.

—Las cosas se pusieron un poco… extrañas. Puede que Natalie necesite tu ayuda. Deberías ir a verla. —Pancho le guiñó el ojo de de manera cómplice.

Charity levantó una ceja de incredulidad mientras miraba como Pancho abandonaba el local.

 

 

 

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