Largas Zancadas hasta Gomorra

Desde Shan Fan hasta Gomorra hay un largo camino. No siempre había sido así, solo hay ochenta millas a vuelo de pájaro. Por supuesto, el pájaro puede bajar la mirada y ver las casi cuarenta millas de canales oscuros y surcados de fisuras que reciben el nombre de El Laberinto Grande, donde la Muerte puede sobrevenir en forma de dragón de laberinto o de banda de piratas. La Muerte a veces revolotea entre los afilados colmillos de sombras entre las olas que se funden en la noche. Pero, ocasionalmente, un hombre consigue atravesar el Laberinto mientras la Muerte se limita a encogerse de hombros, indiferente a su destino.

JonLongstrideEsto explica porqué Jon Longstride lleva un día y un bocado de tabaco en el largo camino que bordea el Laberinto por el norte. El mesteño bayo avanza con un lope tranquilo por el sendero que desciende gradualmente hasta un tipo de ciénaga de baja altura a la que los locales llaman “tules”. Jon decide que es buen momento para echar la vista atrás

Para ser un día de finales de la primavera, la visión más allá del Laberinto está despejada hasta las colinas cubiertas de niebla que ocultan Shan Fan de la vista. Su viejo amigo, el viento, sopla y coge velocidad a medida que avanza hacia Sierra Nevada, lejos al este. Con un suave relincho, el viejo Don Diego aminora hasta pararse delante de unas espadañas. Una pequeña manada de uapitís deja de pastar y le devuelve la mirada. La mayor parte del rebaño consiste en ocho hembras, cada una tan grande como un caballo y con la mitad de peso. Cada hembra va acompañada de uno o dos cervatillos desgarbados. Tras una sacudida rápida de cola, el rebaño da media vuelta y se interna aún más en la ciénaga, con los cervatillos trotando torpemente detrás. Longstride recuerda con nostalgia los grandes rebaños de su juventud. La formación del Laberinto, junto con la subdivisión de las una vez vastas tierras españolas concedidas por los “americanos”, limitan los pastos de los rebaños de uapitís.

Longstride sabe que, a diferencia de otros rancheros, el genio de Nathaniel Morgan consistió en que se dio cuenta de que California no era el Llano Estacado de Texas ni las praderas de Nuevo México. En realidad, el mal llamado “Gran Valle” de California ondula entre una serie de colinas sinuosas y matorrales tachonados de robles. El difunto ganadero prescindió de secciones de cuarto de milla de alambre de espino, o “cuerda del diablo”, y confió en el conocimiento de la topografía y los cursos de agua para crear de barreras naturales y sitios de pasto para el ganado.

Tras reemprender la marcha hacía el rancho de Blake, Jon reflexiona que, mientras las vacas pagan las facturas, los caballos siguen siendo necesarios para los cowboys y vaqueros que llevan el ganado al mercado. Con la banda de Sloane cada vez más osada, el último encargo de Jarrett Blake había sido de varios ruanos y pintos. La remuda que sigue a Longstride cuenta con un par de caballos de cada. Él personalmente prefiere los mesteños por su gran resistencia para los largos días de marcha y patrulla en la montaña. Sin embargo, para un trabajo rápido, la capa manchada de los pintos se funde bien con el terreno moteado de las colinas de California, perfecto para volver las tornas en una posible emboscada. Pero en el frenesí súbito de un tiroteo, el coraje y rapidez de los ruanos pueden salvar el día. A decir verdad, los caballos son un elaborado señuelo. Al final del trayecto, está bien si llegan a Blake, pero si los caballos acababan en las zarpas de Sloane, también habrán cumplido su cometido.

La misión de Longstride iba más allá de los caballos. Uno de los mejores cientificos de Morgan, Elander Boldman, había hecho un pedido especial. Cortesía de los artificieros de Shan Fan, Longstride había escondido un pequeño extra en las alforjas. Y por encima de todo, el marshal en Shan Fan le había dado a Longstride un paquete de órdenes de arresto y nombramientos que tenía que entregar al sheriff de Gomorra.

* * *

—Alguien viene, mira a ver —le susurra Lawrence Blackwood al mejicano de tez morena que está tirado junto a él en el bosquecillo de robles.

Pancho Castillo se pone de rodillas, extiende un catalejo de bronce bastante gastado para ver mejor al sombrero negro con dos plumas gemelas que descansa en la cabeza del hombre enjuto que se sienta relajadamente en la silla de montar. Pancho le pone la mano en el hombro a Blackwood.

—Es Longstride —susurra.

Cualquier otra persona hubiera disparado sin querer, pero nada desconcierta ya a Blackwood. El antiguo explorador confederado era un veterano de las escaramuzas relámpago del sur y, más adelante, de la huida desesperada a través de la tierra de nadie de las llanuras y barrancos del oeste. La palmada de Pancho no es más que el zumbido de una mosca y Lawrence continúa apuntando con su rifle Sharps para cazar búfalos.

—¿Me lo cargo? —pregunta Lawrence—. Nos vendrían bien los caballos.

—Longstride es un buen hombre —responde Pancho en español.

—No me importa lo bueno que sea. ¿Le disparo o no? —replica Blackwood

—Me consiguió un caballo en Mexicali hace unos cuantos años. Que no te engañen las alforjas de Morgan. Longstride es más leal a sus caballos que a cualquier jefe. Podríamos acabar necesitándole. Ah, y tampoco les dispares a los caballos.

—Pues si no vamos a sacar nada de pasarnos el día tirados entre arbustos ¿para qué demonios hemos venido al cenagal? —espeta el tirador, exasperado.

—Órale, amigo. No más estamos vigilando la ruta del sur para ver si la Morgan Cattle intenta colar algo por esta ruta. Vigilamos … vimos un hombre y unos caballos….Ni más, ni menos. Y, sí, estamos demasiado lejos del pueblo para llegar a tiempo al Circo —replica Pancho.

—Serás tú el que no llegue al Circo para ver a esa encantadora de serpientes —sisea Lawrence a modo de réplica—. Me importa un cuerno de liebrélope esa espectáculo de payasos.

—La señorita Avie es una gran dama—Pancho, ofendido, muerde un cigarrillo sin encender.

Blackwood sigue observando el paso de Longstride bordeando los tules hasta que el indio y su remuda desaparecen entre los robles que marcan el inicio de la pequeña pendiente hacia Gomorra. Solo entonces, reacio, baja el rifle.

* * *

Don Diego chapotea cansino por las ciénagas. Delante suyo, Longstride nota grupo de robles a media milla adelante donde la sombra de un sendero asciende hasta el resto de robles un poco más allá. A la derecha, percibe un ligero movimiento. Demasiado brillante para ser un coyote, demasiado silencioso para ser un pájaro, parece que alguien vigila el camino. Todavía está a medio día de los límites de los pastos de la Morgan Cattle y los perros de la ley no son de los que acechan entre los matorrales.

“Solo la banda de Sloane tiene motivos para vigilar el área al sur de Gomorra, y solo los de Sloane tienen que esconderse”, reflexiona Longstride mientras mantiene a los caballos avanzando a un paso constante. Mirar en esa dirección invita a llevarse un balazo, de modo que continúa mirando adelante, guiando los caballos. Le alivia que la distancia evita que los observadores que lo acechan puedan ver el sudor que se le acumula bajo el sombrero y le cae en un suave chorro por el cuello.

El graznido áspero y sostenido de una chara crestada le da la bienvenida a Longstride a los restos achicharrados de un chaparral. Unos robles nudosos continúan montando guardia a pesar de su agonía ennegrecida. Raíces retorcidas sobresalen entre los restos de la fisuras del Gran Tiemblo, como una presa de lucha india. La pelea continua de naturaleza contra la invasión del Laberinto confunde a todos los viajeros, excepto a los más duros y avezados. Longstride guía hábilmente al mesteño entre los afloramientos escarpados y la vegetación baja. Al llegar a un pequeño arroyo, Longstride se detiene para que los caballos sacien la sed antes de continuar a tierras más altas para pasar la noche.

Aquí, en el Oeste, los elementos conspiran para acabar con uno y convertirlo en comida para los trepamuros.. Aun así, prefiere la soledad de las tierras baldías de California a la comodidad que pudiera brindarle cualquier ciudad o pueblo. El maltratado petate de Longstride contiene galleta, masa madre y tortas de yuca. Además de las alforjas, Don Diego carga también con dos grandes vejigas de piel de cabra llenas de agua. Un cuchillo bowie es protección suficiente para la defensa propia. Durante el día, Don Diego es el propietario de una manta de lana. Por la noche, sin embargo, su calor rasposo pero familiar le está reservado a Jon Longstride. El día de mañana se lo pasaría cabalgando hasta el primero al rancho de Blake y, finalmente, hasta Gomorra.

* * *

Jarrett Blake provenía de cuatro generaciones de jinetes itinerantes, pero fue el primero de su familia en asentarse y poseer tierras. Siempre atento a los vientos políticos predominantes, Jarrett fue de los primeros en aliarse con Nathaniel Morgan. Incluso después de su prematura muerte, los ranchos de Blake habían continuado abasteciendo a la Morgan Cattle con las mejores monturas de la zona. También ayudaba que Jarrett Blake fuera rápido con la pistola y el lazo, y que sus hombres estuvieran listos para pelear a la orden de ya, o al sonido de una pistola amartillándose.

* * *

El viaje de la mañana lleva a Longstride hasta un arco adornado con una “Lazy B” que le indica que ha llegado al rancho de Blake. Se fija en la edificación principal del rancho, anidada entre las pendientes de las colinas cubiertas de pinos. Longstride se gira al escuchar la cadencia rítmica de cascos y se gira para ver cuatro mesteños que galopan por la pradera, guiados por dos vaqueros hasta un gran corral con cerca de madera. Juntos, separan con gran pericia a un semental alazán del resto del rebaño y lo llevan al interior del corral donde un vaquero más alto, con sombrero blanco, le echa el lazo con destreza mientras su propia montura inca las patas en el suelo. El mesteño, encabritado, cascos en alto, no está por la labor. Sin amedrentarse, Jarrett Blake recoge la reata y pone al mesteño de rodillas.

—Llevad los caballos al establo principal. Miguel les encontrará sitio. —Sin dedicar más que una mirada de soslayo a Longstride o a sus hombres, Blake continúa pacientemente con la doma del mesteño.

El siguiente encargo es el surtido de piezas para Elander Boldman. La última visita de Longstride a Gomorra fue unos dos años antes. Desde entonces, había estado trabajando sobre todo en los pastizales que se encuentran entre Shan Fan y Lost Angeles. Por cada historia que se cuenta de la Tormenta, había una versión diferente no sobre lo que había pasado realmente, sino de quién o qué había sobrevivido. Así que no tenía ni idea de qué esperar a su regreso al lugar llamado Doomtown, el “pueblo de la perdición”..

Ya sin tener que tirar de la remuda, Don Diego aprieta la marcha. El sol empieza su descenso hasta el otro lado del Laberinto, mientras caballo y jinete giran un recodo y llegan a las afueras de lo que queda de Gomorra. Donde estuvieron las colinas redondeadas de la cordillera de la costa, no quedaba más que un claro devastado. Los seis hectáreas de Gomorra cuelgan precariamente en el borde de un acantilado que da al Laberinto que Longstride se ha preocupado de esquivar. Sea lo que fuera que espera, no es esta la mezcla de opulencia y miseria que se extiende entre las minas agotadas de piedra fantasma y unos cuantos robles desperdigados.

La mayoría de edificios que han sobrevivido a la Tormenta estan deteriorados tras un año de abandono. Sin embargo, al sur del pueblo, las cruces del camposanto colocadas con premura desafían a los depredadores naturales, sobrenaturales o de otro tipo. Un mausoleo guarda a aquellos ciudadanos fallecidos que, después de todo, decidieron llevarse algo consigo a la otra vida y el despacho del enterrador está ahí, listo para aceptar nuevos clientes.

Era imposible no percatarse de la gran tienda que se encuentra en el claro que hay entre el camposanto y la carretera. Los campamentos sioux de la juventud de Longstride empleaban pieles curtidas y postes ligeros pero robustos, fáciles de transportar a caballo por las bandas nómadas. La gran carpa del circo, sin embargo, parece estar formada por lona gruesa y postes de telégrafo, lo que le da un toque de permanencia. A juzgar por el torrente de personas que salen del pueblo para hace cola, parece que la sesión está a punto de comenzar.

—No tengo tiempo para eso —se reprendre Longstride—. Tengo que entregar el artilugio del señor Boldman. Afortunadamente la base de operaciones de la Morgan Cattle Company se encuentra precisamente al lado norte de la carretera, justo al lado opuesto al campamento del circo.

Sus ojos captan el destello de la luz reflejada en el cristal. Comparado con el estucado y madera destartalados de Gomorra, el edificio de ladrillo de tres pisos del instituto de investigación Morgan está construido para resistir los embites de las fuerzas sobrenaturales o los soplidos de los caprichos de la naturaleza. Un humo acre sale de la chimenea del techo y ni siquiera el alboroto del pueblo y la gente del circo pueden enmascarar el retumbar constante de engranajes y maquinaria pesada que emana de dentro.

Antes que nada, Don Diego necesita descansar después del largo viaje. Longstride cruza a lomos del mesteño las puertas del Circle M y busca una compartimento vacío en el establo. Le silba a un empleado, que trae agua fresca para el abrevadero y heno para el comedero. Longstride indica al mozo que no lo necesita, y empieza a quitarle él mismo la silla de montar y la manta para almohazarlo. Hay algunas cosas que un hombre debe hacer él mismo por su caballo. Eso, y que nadie, pero nadie, debe tocar el encargo del señor Boldman.

El establo se apoya en la pared este del edificio de investigación de Morgan, así que Longstride pasa bajo la cerca y golpea con los nudillos una y luego dos veces. Despues de un largo momento, la puerta se abre hacia dentro y él entra rápidamente. Con el sol del atardecer, tarda unos instantes en acostumbrarse.

—Con el señor Boldman, por favor —se limita a decir cuando ve al a ayudante que tiene delante.

Este lo guía por un pasillo polvoriento hasta un pequeño laboratorio. Ya acostumbrado a la penumbra, Longstride queda cegado momentáneamente al volver a la luz, que viene esta vez de las chispas resplandecientes que danzan al zumbido de una soldadora por arco. Longstride aparta rápidamente la mirada con una maldición y vuelve al pasillo. Las chispas se apagan y se asoma con cautela al laboratorio y ve una mata de pelo blanco rizado que sobesale por encima de la visera de un casco de soldador.

—¡Muchacho, la próxima vez llama a la puerta o, por las gachas de maíz que hacía mi madre, que se te van a achicharrar los ojos en sus cuencas! —dice Elander Boldman y suelta una risotada estruendosa. Normalmente uno espera que la cara de alguien contraste con los demás rasgos, pero en vez de eso parece que que se confunden en la oscuridad. Marcas de hollín y las cejas chamuscadas de experimentos fallidos recientes no hacen más que dificultar reconocer los rasgos del hombre bajito de piel oscura.

Tras recuperar la compostura, Longstride entrega los paquetes envueltos en hule. Como no le han pedido que se retirare, se queda para satisfacer su curiosidad mientras Boldman desnace los paquetes y revela su contenido. Tubos de metal e piezas de armas de diseño intrincado salen del interior y se esparcen sobre la mesa. A Longstride no le dicen mucho pero, claro, él es jinete y no un pistolero como el matón de Morgan, Lane Healey.

Elander Boldman parece contento mientras observaba el cilindro más largo

—Será una buena pieza —se le escapa la risa—. ya verás cuando los chicos de Sloane prueben una pizca de lo que este bebé les va a dar.

Longstride aún tiene que entregar las órdenes en la oficina del sheriff, tres manzanas hacia el interior del pueblo, y en diagonal hacia la plaza mayor. Longstride decide no interrumpir el merecido descanso de Don Diego y recorrer el camino a pie. Más allá del campo donde se encuentran las tiendas del circo se alza una hacienda desolada e imponente al mismo tiempo. Ni siquiera el azote de la Tormenta puede ocultar totalmente la grandeza y poderío pretéritas de la mansión. Jon percibe un movimiento fugaz detrás de las ventanas y se pregunta si el lugar continúa habitado por carne mortal, o solamente por fantasmas y recuerdos.

El cristal y el metal del instituto Morgan brillaba con la luz del ocaso, pero el faro del progreso se apaga a medida que los restos miserables de Gomorra no muestran más que promesas incumplidas. Una vez pasado el Pony Express, toda la manzana al sur de la calle principal es batiburrillo de madera destrozada, escombros y alguna que otra tienda de campaña. Todavía en pie, el Ayuntamiento es un mosaico de andamios, fachadas y reparaciones hechas a toda prisa que evidencian a un tiendo la necesidad de gobernanza y la falta de medios para reconstruírla por completo.

Una bulliciosa música de piano inunda la plaza del pueblo. No todo el mundo disfruta del circo. El Charlie’s Place continúa haciendo negocio durante las actuaciones del circo, mientras otros establecimientos como el Killer Bunnies Casino compite duro con el Charlie’s por la piedra fantasma de Gomorra. Más allá del Charlie’s una estrella de seis puntas burdamente dibujada sobre la palabra “Sheriff” escrita en grandes letras rojas le indica a Longstride que ha llegado a su destino.

A pesar de albergar a la ley en el pueblo más duro de California, el despacho del sheriff es en realidad un antiguo saloon remodelado. Longstride mira por encima de las gastadas puertas de vaivén y echa un vistazo antes de ver a una muchacha sentada en lo que fue una vez la barra.

—¿Se puede pasar? —pregunta Longstride—. Órdenes de arresto para el sheriff.

—¿Quién ha emitido órdenes de arresto para el sheriff, por todos los santos? —replica ella. A pesar de su edad, parece muy cómoda con su Colt Peacemaker enfundado con la culata hacia adelante en la cadera derecha.

—Lo siento, señorita. Quería decir que traigo órdenes para dárselas al sheriff.

—Clover, Lucy Clover —responde la chica señalando la trastienda con la mano—. El sheriff Montreal está ahí atrás. ¡Sheriff, han venido a verle con un paquete nuevo de órdenes! —grita en dirección a la trastienda.

—Adelante —llega una voz ronca hasta la barra.

El sheriff Dave Montreal es un hombre corpulento que casi no cabe en su traje desgastado. Su barba incipiente pelea por abrirse camino en una cara que se ha dejado afeitar de mala gana. Longstride mete la mano en la bolsa para sacar un paquete enrollado y se lo ofrece a Montreal. El sheriff de Gomorra alarga el brazo, desenvuelve las órdenes, y las despliega sobre el escritorio.

—En estos lares, las órdenes son tan útiles como un martillo de cristal. Los lugareños estan demasiado acobardados para levantar un arma contra la banda de Sloane, y mis ayudantes no necesitan una excusa para hacerlo. Sloane, Sloane, un fullero pomposo de Shan Fan… —recita Dave, aburrido, en tono monótono. Después de pasar cada cartel, lo coge sus manazas, hace una bola con el y lo arroja a la chimenea apagada con un tiro habilidoso—, Sloane, un tahúr que ha desplumado a varios soldados de la Unión en Fort Lincoln, y….

Longstride echa un vistazo al cartel en el que se ha detenido el sheriff. Percibe que el hombre asiático de cabeza rapada que lo adorno no es un matón cualquiera.

—¿Es alguien especial? —pregunta con una mirada inquisitiva.

—No lo sé —Dave Montreal se rasca la incipiente barba sin apartar los ojos de la mirada torva que le devuelve el cartel—, nunca habíamos tenido antes a uno de Devil’s Armpit. El pueblo está al suroeste de aquí, a un día y poco más a caballo. No había oído que estuviera cociéndose ningún problema por allá. Este tiene pintas de jefe. —Dave golpea con el dedo a la altura a la que debería estar el pecho y lee en voz alta—.”Se busca: Vivo o muerto por robo y atraco” —continúa Dave—, recordad esto que os digo, Tou-Chi Chow no es un matón corriente— Dave deja el cartel a un lado, menea la cabeza despacio y murmura, medio para sí, medio para Jon Longstride—: Tenemos de todo, parece que tenemos de todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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