El Hoyle de Doyle

Steele Archer acarició el cuero del libro.DoylesHoyle La “H” de la portada resplandeció levemente al pasarle los dedos por encima e iluminó aquel rincón oscuro del Charlie’s Place. “Doyle” era un conocido jugador de póquer que había muerto recientemente de “envenenamiento por plomo”, por virtud de las seis balas que tenía en el pecho. Por poderoso que sea el charlatán, si le pegan media docena de tiros por la espalda, normalmente se acaba ahí la cosa.

Steele había sido contratado por el diminuto Kevin Wainwraight para que viajara hasta Colorado para reclamar la propiedad de Doyle y volver con su ejemplar del Libro de Juegos de Hoyle. El libro estaba cerrado con llave, que no se había encontrado ni en el cadáver ni en la propiedad. Steele se sentía tentado a emplear un truco de abrir cerrojos, pero la cantidad que había ofrecido el señor Wainwraight era suficiente para pensárselo mejor.

Steele estuvo a punto de rendirse cuando descubrió que el verdadero hijo de Doyle estaba también en la ciudad y ya había reclamado la propiedad, libro incluído. Pero por suerte para Steele, el hijo de Doyle era un jugador compulsivo y no muy bueno.

Unas cuantas apuestas bien hechas más tarde, Steele acabó fortuitamente con un full de dieces y doses, mientras que el hijo de Doyle sostenía un trío de reyes. No se lo pensó mucho antes de apostarse el preciado libro de su padre.

Las anotaciones contenidas en el libro no tenían precio y eran capaces de hacer que el poder de un charlatán se incrementara de manera exponencial. Pero, aunque a Steele quería más poder, deseaba aún más recibir su pago.

Un hombre enmascarado se aproximó a Steele.

—Tiene el libro —afirmó, contemplandolo con reverencia. Se llamaba Jia Mein, era uno de los empleados del circo y era quien Kevin Wainwraight le había dicho que recogería el libro y verificaría su autenticidad.

—¿Tiene mis honorarios? —preguntó Steele.

—Desde luego —dijo Ja, al tiempo que depositaba una pequeña bolsa de piedra fantasma. Steele empujó el libro hasta el otro lado de la mesa, donde se encontraba el hombre enmascarado—. El señor Hawley le agradece su discrección.

—Siempre estoy disponible, si el precio es el adecuado —Steele se levantó con la piedra fantasma en mano y salió del salón con una sonrisa.

 

 

Advertisements